Un juego genial
Un juego genial

Un juego genial

Un juego genial que cuenta con muchos siglos de existencia. Por eso no es de extrañar que estén ligadas a él leyendas cuya veracidad es difícil comprobar. Continuamos en esta ocasión compartiendo narraciones breves de hechos relacionados con las Matemáticas. Historias que traen inmersos trucos numéricos, como el propuesto en Carl El Niño Genio. Trucos que permitieron resolver algunos de los problemas más antiguos de los Egipcios, como en Tales de Mileto y La Gran Pirámide. Además, que permitieron acercar los números desde la India hasta nosotros. Precisamente quiero contarles en esta entrada, una más de estas historias.

Un juego genial

Hace muchos, muchos años, en un lejano país de Oriente vivía un triste rey, el rey hindú Sheram. Este buen hombre no había vuelto a sonreír desde que su amado hijo fuera asesinado en una batalla. No había algo o alguien capaz de sacarlo de su tristeza y su pena. Uno de sus amigos, preocupado por el rey, decidió llamar a médicos, científicos, adivinos, músicos, poetas y muchos más. Pero nadie lograba que el rey volviera a ser feliz.

Un joven conocido como Bramán Susa o Sissa (Susa Ben Dahir el Hidi, según los mejor informados) que acababa de inventar un juego, pensó que si se lo llevaba al rey y le enseñaba a jugar, podría entrenarlo y ayudarle a olvidar su pena. Este buen joven visitó al rey, le habló sobre el juego, le mostró el tablero y le enseñó las reglas para jugarlo. El rey quedó sorprendido. Era Un juego genial lleno de estrategia que consistía en un campo de batalla donde se enfrentaban dos ejércitos. El campo de batalla era un cuadrado, dividido en casillas, unas claras y otras oscuras. Se trataba del juego que conocemos hoy como ajedrez.

Después de disfrutar de este juego, el rey volvió a sonreír. Se entretenía varias horas jugando y buscando la mejor estrategia para ganar la batalla en cada partida. Estaba muy agradecido con el joven que se lo llevó. Por lo que decidió ofrecerle como recompensa lo que quisiera, sin importar lo que fuera. El favor hecho al rey, devolverle su felicidad, era tan grande que cualquier cosa que le concediera al joven sería poco para mostrarle su agradecimiento.




La recompensa

El joven ayudó al rey sólo por el placer de verlo feliz nuevamente. No estaba interesado en ninguna otra recompensa. Sin embargo, ante la insistencia del rey, pidió que le diera granos de trigo de la siguiente manera: Un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos granos por la segunda casilla, cuatro granos por la tercera, ocho granos por la cuarta, por la quinta dieciséis, por la sexta treinta y dos y así, seguirían duplicando el número de granos hasta que llegaran a la última casilla. La suma de todos esos granos de trigo, sería lo que recibiría como recompensa.

El rey no lo podía creer. ¿Cómo era posible que aquel muchacho se conformara con tan solo unos cuantos granos de trigo, cuando le habría podido pedir todo su reino? Sin embargo, el joven insistía. No quería más que la cantidad exacta de granos de trigo que había pedido.

El rey, un poco decepcionado, pidió a sus asistentes que hicieran la cuenta y le entregaran al muchacho un saco con el trigo que pedía. Los hombres se retiraron durante largo rato a hacer las cuentas mientras el joven y el rey disfrutaban del entretenido juego.

Oh, Sorpresa!

Después de muchas horas de duro trabajo y gran cantidad de cálculos, los hombres volvieron donde el rey. Estaban agotados y bastante confundidos con lo que habían encontrado. Sin lograr recuperarse aún de la sorpresa que se llevaron al hacer las cuentas, le indicaron al rey que sería imposible complacer al joven. No había manera de darle los granos de trigo que pedía. Se trataba de una cantidad tan inmensa que ni recolectando la cosecha de todo el reino y del resto de la Tierra durante dos mil siglos, lograrían reunir la cantidad de granos pedida.

El rey escuchaba lleno de asombro las palabras de sus hombres. Dime cuál es esa cifra tan monstruosa, dijo reflexionando. Oh, soberano! Dieciocho Trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince granos de trigo, contestó el hombre (18.446.744.073.709.551.615).




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